Después de un puñado de años me encuentro paseando por unas calles del barrio donde me crié. Es un barrio periférico de Madrid, del que guardo un recuerdo agridulce, tirando a agrio, la verdad. De repente topo con lo que fue un cine en mi niñez, reconvertido en una sala de juegos, que ni siquiera sé si hoy funciona, pero con la misma estructura del antiguo cine. Y me invade una nostalgia nada racional. No echo de menos mi barrio, ni el cine, ni al niño que miraba la marquesina y los carteles de las películas (por cierto todas malísimas, medio eróticas, con afiches llenos de estrellitas negras en los pezones de las “actrices” del despelote). Y sin embargo sentí nostalgia.
El cine era mi pasión de pequeño y supongo que aquel mediocre ejemplar de sala cinematográfica, con sus luces encastradas en la marquesina, con el misterio de su sala oscura, su telón de terciopelo y sus filas de butacas en penumbra, de alguna manera siguen siendo la imagen que evoca los anhelos de una época. Sólo que esa época pasó y dio paso, afortunadamente, a otras y aquel niño y sus anhelos, quedaron atrás. Lo explica mucho mejor Lobo Antunes en su Tercer Libro de Crónicas: “El niño que dejé de ser se convirtió en un antepasado y en cierta medida en una criatura enigmática, distante, de la que soy hijo o nieto, de la que conservo algunos rasgos: el orgullo, la paciencia, la soledad.”
De todas formas he de reconocer que me siguen encandilando las marquesinas de los cines clásicos, los carteles pintados a mano, los afiches, las luces de neón. Pero no hace falta que venga la estúpida nostalgia a recordármelo.
