Ayer vi “Una corona para Claudia” en el Teatro Alfil de
Madrid y certifiqué con una mezcla de pesar y liberación que ya no soy tan
joven. En otro momento me hubiese sentido concernido al ver a ese grupo de
jóvenes dando palos de ciego en el amor, intentando buscar una identidad con la
que estar cómodos para su trayectoria vital. Pero todo tiene su tiempo.
También me di cuenta que las comedias generacionales son
eso, generacionales. A mí me tocaron las que protagonizaba Coque Maya, las que dirigía en cine Fernández
Armero, las que escribía David Trueba y llevaba a la pantalla Martínez Lázaro y
supongo que a los de la generación anterior a la mía tampoco les concernían,
pese a que muchos de estos directores hacían guiños a las comedias clásicas que
nunca mueren.
Los actores de “Una corona para Claudia” seguramente están
mejor preparados que los que a mí me gustaban cuando era más joven: cantan,
tocan instrumentos, vocalizan e interpretan con el corazón y el método. También
las fronteras del amor se han ensanchado, y la homosexualidad es un punto de
vista más en las relaciones afectivas. Por tanto todo es más rico, pero sin
chupas de cuero, ni cervezas, ni el ligero aroma de la movida de por medio.
Bueno, cervezas si, las que afortunadamente se pueden seguir
tomando en la sala de los Yllana, que sigue siendo un lugar abierto a lo nuevo
y lo diferente, y que ha sobrevivido a tantos embistes. ¿Os acordáis del
concejal Matanzo? Definitivamente, no soy tan joven.

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