Conocí este libro a través por una recomendación de Manuela Carmena en una conferencia en la universidad. Citó este libro como una referencia académica que según la alcaldesa había cambiado la concepción sobre cómo abordar la pobreza.
El libro parte del supuesto de analizar la idoneidad de dos maneras de combatir la pobreza: la propugnada por expertos como Jeffrey Sachs, asesor de Naciones Unidas, que aboga por la intervención internacional, por la ayuda a los países y pueblos más depauperados; o por el contrario, como teorizan otros expertos de corte más liberal como William Esasterly, la intervención directa disuade a los pueblos de buscar soluciones propias y fomentan la corrupción.
Hay supuestos recurrentes que ejemplifican bien los problemas a los que se enfrentan los que luchan contra la pobreza, por ejemplo el tema de los mosquiteros. Según la OMS dormir bajo mosquiteros rociados de insecticida salvaría millones de vidas al frenar la malaria. Entonces, qué hacemos: ¿regalamos mosquiteros, los subvencionamos o dejamos que se cree un tejido comercial que garantice un aprovisionamiento regular a las poblaciones? Las respuestas no son tan fáciles como pudiera suponerse, tal y como demuestran en el libro varios experimentos en diferentes comunidades que prueban distintas tácticas.
Pero en realidad el grueso del libro es una impresionante radiografía de los factores que influyen en la pobreza: la nutrición, la sanidad, la educación, la financiación y la calidad democrática de las instituciones. Quizás el ensayo adolezca de ser parco en respuestas, pero es un buen cuadro de investigación social y económica en el que aparecen datos reveladores.
Respecto a la nutrición subyacen ideas como que dependiendo del ingreso calórico las personas son más o menos productivas, las razas más o menos fuertes. Pero cuando los pobres tiene más dinero, no mejoran su alimentación, porque necesitan otras cosas también: el ocio que les puede proporcionar una tele, un móvil, u otras necesidades básicas también descuidadas.
El tema de la salud es también otra de las trampas en las que cae la gente sin recursos. En países africanos la mitad de los médicos no lo son, ejercer sin titulación, recetan cosas absurdas, caras e inútiles y se descuidan los tratamientos efectivos, que muchas veces son los más baratos. También afectan temas culturales y religiosos. Como bien se recuerda en el libro, si en sociedades occidentales, con la información de la que disponemos hay gente que decide no vacunar a sus hijos por creencias estrafalarias, imaginemos lo que ocurre en estos pueblos mucho más arraigados a costumbres y religiones que a argumentos científicos. Otro caladero de calamidades.
También está el tema del control de la natalidad. El libro pone en cuestión la afirmación de que tener muchos hijos hace a las familias de los países del tercer mundo más pobres. Se plantea como una cuestión de diversificación de riesgos. Alguna de esas criaturas prosperará, alguna se encargará de cuidar y mantener a sus padres cuando sean mayores. Un hecho escalofriante es el control de natalidad ejercida en ocasiones como método de selección de sexo. Un cartel en Delhi animaba a interrumpir el embarazo cuando se iba a tener una niña: “Paga 500 rupias ahora y ahorra 50.000 más tarde (en la dote)”.
Respecto al tema de los servicios de aseguramiento y financiación, se explica cómo son prácticamente inaccesibles para los pobres. Los seguros (médicos, agrícolas, de contingencias) para pobres apenas existen o son muy caros por la poca rentabilidad que suponen las contrataciones aisladas y por el miedo al fraude. Respecto a la financiación, se expone claramente la negativa de las grandes corporaciones financieras a prestar servicios a los pobres con recursos inferiores al dólar diario. Al final tienen que cubrir esa necesidad a base de prestamistas a intereses de usura. Un ejemplo estremecedor: un vendedor de frutas callejero en India compra mercancía al mayorista cada mañana a crédito y lo devuelve por la noche a un interés diario del 4,59%. De tal manera que si pide prestados 5 dólares e imaginemos que no puede devolverlos hasta dentro de un año, tendría que devolver 93,5 millones de dólares a su prestamista. De ahí la importancia del fenómeno de los microcréditos, con todas sus imperfecciones, a pesar de los altos tipos de interés a ojos de un occidental.
Por último se aborda el tema de las instituciones de los países pobres, corroídas por la corrupción, un sumidero por el que se van los recursos del país y muchas veces también los aportados por terceros en concepto de ayudas para el desarrollo. Aún así, y partiendo de un planteamiento realista de que no se puede cambiar esa situación de la noche a la mañana, los autores detallan experiencias en las que con ciertas medidas, como por ejemplo las auditorías, se logra aminorar esa lacra en favor de los más desfavorecidos.
Del estudio salen teorías interesantes, como el concepto de la curva de la pobreza, una especie de trampa en la que caen millones de seres humanos. Se trata de una especie de maldición documentada económicamente consistente en que cuanto más pobre se es, más difícil se pone dejar de serlo. Lo que intentan muchos teóricos económicos concienciados es romper esa dinámica y este trabajo es una buena prueba de ello. Aunque como decía antes se aportan pocas conclusiones, más bien se exponen datos científicos, señala focos en los que actuar y ejemplos de intervenciones más o menos exitosas. Lo que queda claro es que la pobreza supone un desperdicio de vidas y de talento humano inadmisible. También parece probado el problema es grande y requiere, además de voluntad, inteligencia y estrategias eficaces para combatirlas, de ahí la importancia de iniciativas en todos los ámbitos, también, como en este caso, desde el académico.
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