miércoles, 13 de enero de 2016

Narco-opereta sangrienta

Todo lo relacionado con el caso del narco más conocido del mundo, el Chapo Guzmán, es rocambolesco. La fuga de prisión por un increíble túnel excavado ad hoc, más parecido a la m-30 que a una topera. El consiguiente ridículo de las autoridades mexicanas, azuzado por los tweets de los hijos del Chapo jactándose del poderío de su progenitor. La poca capacidad de reacción para atraparlo de nuevo. Y ahora el episodio de la detención.
Resulta que el narco se veía digno de inspirar un biopic americano y empezó a mantener contactos con el mundo del cine para dar los primeros pasos hacia su inmortalidad fílmica. Y por el camino, nada más y nada menos, que concede una entrevista a Sean Penn para Rolling Stone. Como si una estrella del rock se tratará. Y por esas veleidades volvió a caer en la jaula: “la vanidad acabó con el Chapo” titularon muchos.
Lo malo de todo esto es que lo que parece el argumento de película de serie b, pertenece más bien al género documental. Detrás de la pequeña figura del narco, hay miles de muertes violentas, algunas de ellas dejan las exhibiciones de brutalidad yihadista a la altura de las películas de Disney, por seguir con los símiles cinematográficos. Todo para controlar el estado paralelo y casi hegemónico que los narcos han implantado en México. Estoy terminando de leer “El Cártel”, de Don Wislow, y en esa novela, como en su antecesora, “El poder del perro” se refleja con toda crudeza el reinado de los narcos y el desolador panorama de la subyugada sociedad civil. Novelas trepidantes y espeluznantes que nos acercan a una realidad que nos parece lejana y deformada por estos episodios de narco-opereta, pero que se asemeja más a  escenarios como el de Siria que al del México de western que pintan algunos.

martes, 12 de enero de 2016

A las asambleas, independentistas

Creo en el asamblearismo. He participado en asociaciones en las que las decisiones se tomaban así, por consenso popular, como una reunión de vecinos pero un poco más civilizada y con mayor implicación por parte de los participantes. No se me ocurre manera más democrática de tomar decisiones y de implicar a la gente en la gestión de los temas que les interesan y afectan. Por tanto apoyo conceptualmente el modelo, que me parece un sistema muy adecuado de gestión democrática real. Pero como en todo en la vida hay imperfecciones y, no sé porqué, al final acaban aflorando y contaminando todo el sistema.
Pienso todo esto a raíz de lo que ha pasado con la CUP en Cataluña. Una organización que toma sus decisiones de manera democrática, pero que a última hora confía un poder de negociación a un reducido grupo de miembros, que suscribe un pacto en contra de su propia esencia: aceptan la defenestración de algunos de sus diputados, acuerdan limitar su representatividad lograda legítimamente en las urnas, permiten humillaciones que han calificado de casi xenófobas, encumbran al poder a un tipo en sus antípodas ideológicas, firman casi un cheque en blanco para que gobierne y permiten el escarnio público de su organización. Todo en aras del proceso independentista. De una gente que no confia en los estados, sino en las gentes que los padecen. Es decir, han colocado el inicio del proceso independentista por encima de todo, cuando ese todo además estaba lleno de contenido social y político. Ya se que se habla de las dos almas de la CUP, de la independentista y de la anticapitalista, pero no lo entiendo y sospecho que muchos de los participantes de esas asambleas, tampoco. Y les comprendo, porque he vivido situaciones parecidas. Y me fastidia, porque es tirar piedras contra el tejado de las creencias propias. Pero es evidente que algo falla.

lunes, 11 de enero de 2016

Bye Bowie

Hoy se ha ido Bowie y su figura enigmática y seductora se acrecienta un poco más. Siempre me inquietó su pose, sus gestos, su integridad como artista que no dudó en asumir plenamente sus propuestas, por muy arriesgadas que fueran. Y su música, claro. Bowie, además de un gran creador, era lo que ahora ha quedado como un convencionalismo en los créditos de las canciones que pocas veces se cumple: un intérprete. Vivía sus canciones por muy marcianas que fueran, que lo eran. Ziggy Stardust, un pasote de disco conceptual, sigue sonando en mi casa con la misma fuerza de antaño y sin demasiada competencia a ese derroche de imaginación y libertad creativa.
Pero para mi Bowie también era el reflejo de la libertad casi en mayúsculas, fuera de proclamas y contextos. Su figura artística y personal trascendía más allá de los intentos de cada época de escapar “porque si” y representaba más el “y ¿por qué no?”, más imaginativo y menos encorsetado. Su figura y su música nos acompañará siempre, porque ya era enorme mucho antes de morir.