Todo lo relacionado con el caso del narco más conocido del mundo, el Chapo Guzmán, es rocambolesco. La fuga de prisión por un increíble túnel excavado ad hoc, más parecido a la m-30 que a una topera. El consiguiente ridículo de las autoridades mexicanas, azuzado por los tweets de los hijos del Chapo jactándose del poderío de su progenitor. La poca capacidad de reacción para atraparlo de nuevo. Y ahora el episodio de la detención.
Resulta que el narco se veía digno de inspirar un biopic americano y empezó a mantener contactos con el mundo del cine para dar los primeros pasos hacia su inmortalidad fílmica. Y por el camino, nada más y nada menos, que concede una entrevista a Sean Penn para Rolling Stone. Como si una estrella del rock se tratará. Y por esas veleidades volvió a caer en la jaula: “la vanidad acabó con el Chapo” titularon muchos.
Lo malo de todo esto es que lo que parece el argumento de película de serie b, pertenece más bien al género documental. Detrás de la pequeña figura del narco, hay miles de muertes violentas, algunas de ellas dejan las exhibiciones de brutalidad yihadista a la altura de las películas de Disney, por seguir con los símiles cinematográficos. Todo para controlar el estado paralelo y casi hegemónico que los narcos han implantado en México. Estoy terminando de leer “El Cártel”, de Don Wislow, y en esa novela, como en su antecesora, “El poder del perro” se refleja con toda crudeza el reinado de los narcos y el desolador panorama de la subyugada sociedad civil. Novelas trepidantes y espeluznantes que nos acercan a una realidad que nos parece lejana y deformada por estos episodios de narco-opereta, pero que se asemeja más a escenarios como el de Siria que al del México de western que pintan algunos.
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