Hoy se ha ido Bowie y su figura enigmática y seductora se acrecienta un poco más. Siempre me inquietó su pose, sus gestos, su integridad como artista que no dudó en asumir plenamente sus propuestas, por muy arriesgadas que fueran. Y su música, claro. Bowie, además de un gran creador, era lo que ahora ha quedado como un convencionalismo en los créditos de las canciones que pocas veces se cumple: un intérprete. Vivía sus canciones por muy marcianas que fueran, que lo eran. Ziggy Stardust, un pasote de disco conceptual, sigue sonando en mi casa con la misma fuerza de antaño y sin demasiada competencia a ese derroche de imaginación y libertad creativa.
Pero para mi Bowie también era el reflejo de la libertad casi en mayúsculas, fuera de proclamas y contextos. Su figura artística y personal trascendía más allá de los intentos de cada época de escapar “porque si” y representaba más el “y ¿por qué no?”, más imaginativo y menos encorsetado. Su figura y su música nos acompañará siempre, porque ya era enorme mucho antes de morir.
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