Para mi el año empieza en septiembre. Evidentemente se trata de un efecto secundario de tantos años académicos cursados, a los que ahora por mi trabajo sigo vinculado. Igual que para muchos historiadores el siglo XX empieza con la primera guerra mundial y acaba con la caída del muro de Berlín en 1989 o para otros el XXI empieza con el atentado de las torres gemelas. Vamos, que cada uno echa sus cuentas como cree conveniente. Y yo llevo mucho tiempo pensando que cada curso es un cambio y me pongo mis retos, mis propósitos, mis metas, mis deseos para el nuevo periodo que comienza ahora. Este año un constipado veraniego ha matizado mucho la especulación, pero siento igualmente la emoción de comenzar algo levemente distinto. Quizás se trate de una burla inocente a lo lineal del vivir, pero a mi me sirve para avanzar; siempre hay que seguir adelante, aunque sólo sea por curiosidad, como decía Dante W en Martin H. Y además a veces incluso funciona.
Podría hacer una analogía para reclamar del mismo modo avances en la deprimente situación política del país, en la desesperante persistencia de las guerras, en la búsqueda de soluciones para un mundo abocado a la hecatombe. Pero para qué.
Prefiero centrarme en mis pequeños desafíos o si me pongo grandilocuente, mirar al cielo y contemplar intrigado hasta el éxtasis los enigmas del universo. Por cierto, estoy flipando con el proyecto Breakthrough Starshot, que pretende desarrollar tecnología para enviar naves espaciales del tamaño de una tarjeta SD a Alfa Centauri en un viaje de tan solo 20 años, cuando con la tecnología actual tardaríamos 30.000 años. La de cosas que vamos a descubrir si el proyecto tiene éxito. Eso sí, es curioso que lo único en lo que avanzamos es en la investigación para largarnos de aquí cuando definitivamente nos hayamos cargado todo.
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