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martes, 25 de octubre de 2016

Patria

Supongo que “patria” es un concepto que nació con afán integrador, con la idea de albergar bajo su paraguas gentes hermanadas por un sentimiento común, por la fraternidad que emana la cercanía, el terruño compartido, la gentil vecindad, el acervo cultural.  Pero la realidad es que la mayoría de las veces la exaltación del concepto se ha hecho en contraposición con otras realidades supuestamente antagónicas y ha sido, junto a la religión, una de las fuentes de conflicto que ha provocado  mayores desgracias en la humanidad.
Lo que cuenta Aramburu en esta excelente y extensa novela va por esa línea. La patria vasca como excusa para la barbarie del terrorismo etarra. Si, antes fue la patria española y su caudillo, la alemana y su führer, la italiana y su duce, la japonesa y su emperador y así podría engrosar este párrafo hasta el paroxismo. Pero eso no quita veracidad y crueldad al relato de la ignominia a pequeña escala que surgió de la patria vasca.
El horror de base política tiene sus lugares comunes: la ley del silencio, el miedo a disentir, la presión de los más fuertes y al final de todo, la violencia como instrumento de poder. En la “Patria” de Aramburu esto se ejemplifica en la historia de dos familias de un pequeño pueblo de Euskadi, unidas por una amistad sincera, separadas por un odio impuesto pero no menos cierto. Dos familias, nueve personajes, víctimas y culpables, sin paliativos, pero con matices, como la vida misma. La empatía con el lado de las víctimas es total, como confiesa su autor. Alguien decide quitar la vida a otro por razones supuestamente políticas, supuestamente razones, y ese otro muere y sus familiares caen en un pozo de tristeza. Pero lo espeluznante es que además son repudiados, incomprendidos, aislados e incluso insultados. Una vileza a la altura del tiro en la nuca. Y el asesino y su entorno goza del respeto del pueblo, de su protección, de su comprensión. Pero no todo es blanco ni negro, y sin menospreciar el dolor, la dignidad y la valentía de las víctimas, la novela también indaga en la escala de grises del entorno asesino. Por eso es un relato tan rico, porque nos deja asomarnos a esas dos realidades sin desviar la mirada sobre los aspectos más dolorosos de ambas. Y si alguien critica esa ambivalencia, ese doble foco, es porque no se ha enterado que no hay víctimas sin verdugos, ni verdugos sin víctimas.
Creo que el valor más importante de esta novela es que cuenta lo que todos sabíamos y no quisimos o no pudimos ver en toda su dimensión. Sobre todo dentro del País Vasco, por razones que se explican perfectamente en el relato, pero también fuera de él. Yo recuerdo el trato equidistante, el romanticismo que propiciaba el pasado antifascista de ETA. Todo eso  y la ausencia del enrarecido ambiente social que se vivía en esos pueblos vascos hacía ver a ETA como un fenómeno meramente terrorista, sin mirar más allá. Por eso esta es una de estas historias que conmueven por su verosimilitud, por ser una desgarradora crónica humana sobre unos hechos que todos conocíamos en mayor o menor medida, pero que nunca sentimos, ni quisimos empatizar con la crudeza con que los vivieron sus protagonistas. Lo hicimos sólo muy al final, yo diría que desde el asesinato de Miguel Ángel Blanco en 1997. Por eso no está de más leer este relato, que ya advierto se hace corto pese a sus más de 600 páginas y en el que sin dogmatismos se muestra un cuadro completo sobre aquello que aconteció y que, cómo se desea casi siempre infructuosamente, no debería volver a ocurrir.

jueves, 26 de noviembre de 2015

Llorar, pensar, actuar

Escribí estas líneas a los pocos días del atentado de París, y no quise publicarlas por temor a contuvieran pensamientos demasiado apasionados, precipitados, más evanescentes que de costumbre. Quince días después los suscribo íntegramente.
Nos hemos convertido en soldados de esta guerra, queramos o no. Matamos y morimos como los militares en combate. Acometemos ofensivas con el pago de nuestros impuestos y con nuestros votos cambiamos el cariz de los acontecimientos en tierras lejanas. Y  morimos acribillados en nuestras oficinas, en el tren camino del trabajo, en las redacciones, en los restaurantes, en las salas de conciertos, en las calles. Nada de esto nos es ajeno, aunque a veces lo parezca, con lo cual un poco de implicación no estaría de más para evitar toda esta barbarie. Igual que hemos medio despertado para luchar frente a nuestras injusticias cotidianas, también tendríamos que tomar partido para acabar con estas otras.
No sé cual es la solución a todo esto, evidentemente, pero creo que entre todos podemos encontrarla. Se me ocurren algunas ideas: nos será más rentable convencer que vencer, aunque sé que ese camino es más difícil y largo; nos vendrá mejor actuar con inteligencia que aplicando la fuerza bruta, y  por ejemplo deberíamos pensar en cómo acabar con los apoyos y vías de financiación y por tanto la influencia que tienen estos sectarios, en lugar de bombardear indiscriminadamente. Creo también que hay que ayudar a los que sufren y combaten cada día a estos bárbaros, los otros musulmanes bajo el yugo de sus fanáticos. No estaría demás hacer autocrítica sobre las políticas de inmigración e integración. Y por supuesto, hay que afrontar los problemas geopolíticos de nuestro entorno de una manera más activa e inteligente que el pasotismo “rajoniano” con el que Europa actua frente a los males que acechan al otro lado de sus fronteras.
Yo no soy París, ni Charlie Hebdo ni nada por el estilo. Soy el tipo que va en tren a currar y sale volando por los aires, el que disfruta en libertad de un concierto y revienta por una granada, el que comparte su tiempo de ocio con sus amigos en un bar y es acribillado. Y eso no mola nada. Y lo que menos mola es la ideología que sustenta esas atrocidades: el fanatismo religioso, siempre virulento, pero más aún espoleado por la pobreza y la incultura, en buena parte propiciada por nuestro querido occidente. Yo quiero vivir en un estado laico, libre, justo, solidario, respetuoso y respetado. Y me temo que eso no va a ser fácil ni gratis…