Escribí estas líneas a los pocos días del atentado de París, y no quise publicarlas por temor a contuvieran pensamientos demasiado apasionados, precipitados, más evanescentes que de costumbre. Quince días después los suscribo íntegramente.
Nos hemos convertido en soldados de esta guerra, queramos o no. Matamos y morimos como los militares en combate. Acometemos ofensivas con el pago de nuestros impuestos y con nuestros votos cambiamos el cariz de los acontecimientos en tierras lejanas. Y morimos acribillados en nuestras oficinas, en el tren camino del trabajo, en las redacciones, en los restaurantes, en las salas de conciertos, en las calles. Nada de esto nos es ajeno, aunque a veces lo parezca, con lo cual un poco de implicación no estaría de más para evitar toda esta barbarie. Igual que hemos medio despertado para luchar frente a nuestras injusticias cotidianas, también tendríamos que tomar partido para acabar con estas otras.
No sé cual es la solución a todo esto, evidentemente, pero creo que entre todos podemos encontrarla. Se me ocurren algunas ideas: nos será más rentable convencer que vencer, aunque sé que ese camino es más difícil y largo; nos vendrá mejor actuar con inteligencia que aplicando la fuerza bruta, y por ejemplo deberíamos pensar en cómo acabar con los apoyos y vías de financiación y por tanto la influencia que tienen estos sectarios, en lugar de bombardear indiscriminadamente. Creo también que hay que ayudar a los que sufren y combaten cada día a estos bárbaros, los otros musulmanes bajo el yugo de sus fanáticos. No estaría demás hacer autocrítica sobre las políticas de inmigración e integración. Y por supuesto, hay que afrontar los problemas geopolíticos de nuestro entorno de una manera más activa e inteligente que el pasotismo “rajoniano” con el que Europa actua frente a los males que acechan al otro lado de sus fronteras.
Yo no soy París, ni Charlie Hebdo ni nada por el estilo. Soy el tipo que va en tren a currar y sale volando por los aires, el que disfruta en libertad de un concierto y revienta por una granada, el que comparte su tiempo de ocio con sus amigos en un bar y es acribillado. Y eso no mola nada. Y lo que menos mola es la ideología que sustenta esas atrocidades: el fanatismo religioso, siempre virulento, pero más aún espoleado por la pobreza y la incultura, en buena parte propiciada por nuestro querido occidente. Yo quiero vivir en un estado laico, libre, justo, solidario, respetuoso y respetado. Y me temo que eso no va a ser fácil ni gratis…
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