Esta semana, por motivos profesionales, he tenido contacto con el tema de las emisoras de radio comunitarias. Desde la adolescencia hasta hace sólo unos cuantos años he participado en varias emisoras de este tipo, haciendo programas sobre todo culturales.
La radio comunitaria no es sólo una escuela para la gente que se quiere dedicar a esto de la comunicación, sino y sobre todo, un espacio de libertad de expresión para los ciudadanos, muchas veces infrautilizado, de acuerdo, pero al alcance de todos. También es un reducto de difusión cultural de primer orden, en cuanto a que sus propuestas jamás están condicionadas por las audiencias, ni por el mercado, ni por nada parecido
Su gestión, normalmente democrática, supone otro valor añadido. Para mí supuso mi primera aproximación al asociacionismo, a la toma de decisiones asamblearias, al debatir y defender ideas ante el colectivo, a vivir en primera fila la grandeza y las miserias de la política entendida como la gestión de lo común.
Pero sobre todo es un espacio riquísimo para conocer gente interesante e interesada por temas variopintos. Amigos muy distintos entre sí con los que compartir la pasión por comunicar lo que nos apasiona. Personas que no hace gala de sus gustos, sino que los intentan transmitir con la misma fuerza con que los sienten.

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