jueves, 29 de octubre de 2015

Microfinanciación

Existe una forma de financiación dirigida a los menos favorecidos, a los que no tienen acceso al crédito bancario y no quieren caer en manos de sus filiales usureras de los préstamos rápidos y extremadamente gravosos. Este modelo de proveer fondos a los excluidos por la banca convencional nació hace cuarenta años de la mano del profesor Muhammad Yunus y su Banco Grameen, que ofrecía microcréditos a mujeres hindúes para acometer sus pequeños proyectos empresariales. Y funcionó bien.
Cuatro décadas después la cosa ha evolucionado poco, en parte por el veto de los grandes bancos que ven este método como una amenaza al filón de su exitoso modelo de negocio: la hipoteca, el crédito al consumo, las comisiones bancarias que la mayoría de la gente suscribimos con ellos. Algunas entidades conocidas tienen pequeñas iniciativas de microfinanciación, pero más como una iniciativa  de Responsabilidad Social Corporativa, es decir de postureo, que como una línea de negocio.
Pero existen redes alternativas de microfinanciación que prestan este servicio y por tanto realizan una labor muy positiva para gente con pocos recursos, pequeños emprendedores y gente con ideas y escasas posibilidades de llevarlas a cabo. Este modelo empieza a postularse además como un sistema atractivo para la inversión. Porque la microfinanza no es un crédito a fondo perdido, se cobran intereses a los prestatarios y se pagan a las personas que aportan capital al sistema, eso sí, de manera racional, poco especulativa.
Hace poco tuve la oportunidad de hablar con los responsables de la Asociación Española de Microfinanzas y de la European Microfinance Network y fue una charla muy esclarecedora. Un mundo por descubrir, tanto si estás en el lado del inversor como en el del prestatario.
Deberíamos estar aprendiendo muchas cosas de esta crisis, y quizás todo lo relacionado con la financiación a pequeña escala sea una de las lecciones más importantes a las que atender. Lo del crowdfunding parece que nos ha quedado claro, pero tengo la impresión de que estamos obviando otras alternativas como ésta, que pueden ser muy interesantes para salir del agujero en el que nos hallamos y que quizás nos ayuden a explorar una vía para combatir el capitalismo más especulativo que nos está asfixiando.

martes, 20 de octubre de 2015

El bareto del debate

El debate entre Rivera e Iglesias organizado por Jordi Évole ha dado mucho de qué hablar, como es normal en este contexto de anormalidad democrática en el que debatir, de verdad, está fuera del alcance de nuestros políticos. El programa se ha diseccionado al milímetro: miradas, gestos, afirmaciones, dudas, “boutades”, verdades, mentiras y también el bar. Un bar de barrio de los que hemos conocido a montones y que andan de “capa caída” aunque sin peligro de extinción.
Tiremos de tópicos: hablando se entiende la gente, y donde más habla la gente es en el bar, por lo que la elección no parece descabellada. Pero lo relevante es el tipo de bar seleccionado, el bareto de toda la vida, ese que nos es tan familiar a pesar de estar a centenares de kilómetros de nuestra casa. A mí me conmovió especialmente el lugar en el que debatieron los dos gallitos que quieren revolucionar el corral de la política.  Sitios como ese frecuentaba mi padre para mascar su rutina de obrero y maldecir, con iracundo sigilo, el régimen del militar fascistón. Cuando el abuelito murió, en la cama, reinó momentáneamente el jolgorio. Pero la alegría duró poco y los años de la reconversión industrial, de la laxitud socialdemócrata y después los de los desmanes neoliberales, devolvieron a aquellos establecimientos a su papel ocre, desvencijado y ocioso. El fútbol volvió a colonizar las porfías, los naipes coparon las mesas y el alcohol de muchos grados y buqué ligeramente avinagrado corrió de nuevo. El pueblo, aun mínimamente unido, volvió a ser vencido y sus bares se convirtieron en templos de la decepción.
Y así nos plantamos en la actualidad, en pleno siglo XXI, donde perviven estos establecimientos porque siguen siendo la principal válvula de escape de mucha gente que no puede optar a otro tipo de placeres. Nada de reconversiones en lugares de moda, nada de gafapastas y modernos de hechuras vintage, nada de estética obrera impostada. Son lugares donde gente normal y humilde convive entre sus paredes alicatadas, con la banda sonora de las tragaperras y el bullicio cotidiano de fondo. Por eso muchos miran con indiferencia a los dos coleguitas tan estupendos y bienhablados que llegan allí a debatir y a ofrecer panaceas en vaqueros y remiendos sin corbata. Parecen distintos, pero todavía no son de fiar para los que ya han experimentado el engaño y aún sufren sus consecuencias.

martes, 13 de octubre de 2015

Soy lector de ciencia ficción

Soy lector de ciencia ficción desde que era adolescente. No soy un freaky que devore libros sin parar, alterno esas lecturas con otras muy diferentes, pero lo cierto que la lectura de novelas y relatos de este género ha sido una constante en mi vida, y va en aumento. Esto que parece la revelación de un vicio inconfesable, es precisamente una sana reivindicación.
Miquel Barceló, en el prólogo de su "Guía de Lectura de Ciencia Ficción", que por cierto acaba de actualizar 25 años después de su publicación, dice que este es el género de las ideas frente a otros que inciden más en la estética. Estoy de acuerdo. La ciencia ficción, además de imaginativa, por definición hace planteamientos innovadores, diferentes. Una novela de ciencia ficción garantiza siempre una hipótesis, una especulación, un futurible que quizás nunca se nos haya pasado por la cabeza. Si además la novela es buena, cosa que puede ocurrir si nos dejamos aconsejar por guías como la de Barceló, disfrutaremos con la elucubración y ensancharemos nuestra mente con nuevas variables.
Yo añadiría que son novelas en las que predomina la acción, en las que los acontecimientos se suceden de modo menos previsible que en cualquier otro género. Invocan a la imaginación, logran revivir al niño curioso e impresionable que todos fuimos y nos permiten poner un pie en la luna, un ejercicio vital cuando estamos todo el día adheridos a la puñetera realidad.
Para mi Asimov, C. Clarke, Wells, el propio Verne, deberían estar a la altura de autores clásicos que no sufren el estigma de haber cultivado un género injustamente clasificado como menor. Y confieso que, harto de tanta literatura pretenciosa y distante, aumenta mi apego al género que juega con lo que somos y lo que podríamos llegar a ser.

lunes, 5 de octubre de 2015

Ana Diosdado


Hoy ha muerto Ana Diosdado. Lo primero que me ha sorprendido ha sido su edad. Tenía casi ochenta años y aunque esa ya no es una razón para morir por “ley de vida”, como se decía antes, pensé que era más joven. Quizás porque siempre la tuve por una mujer apegada a la contemporaneidad e incluso adelantada a su tiempo.
La recuerdo por sus dos grandes éxitos televisivos: “Anillos de Oro” y “Segunda Enseñanza”. Con la primera empecé a vislumbrar una sociedad apartada del mundo parduzco, polvoriento, marginal del Madrid de extrarradio de los ochenta. El que proponía ella, habitado por profesionales liberales, parejas que naufragan y vuelven a intentarlo, por gente que perseguía y peleaba por sus sueños sin afán de resignación, a ojos de un niño suponía un potente estímulo que contribuía a fraguar las esperanzas del futuro.
Con “Segunda Enseñanza” los jóvenes nos vimos por primera vez ligeramente reflejados en la pantalla tal como éramos. Lástima que profesoras como la que interpretaba Ana escasearan tanto en la realidad.
Ella escribió y actuó en esas series, imprimiendo su sello personal, que rezumaba honestidad, apego a la realidad sin aderezos y visión de futuro. Y todo eso pese a su aspecto recatado, si queréis incluso monjil, que sabía explotar en contraposición con sus personajes rompedores y las ideas avanzadas que proponían.
Después se dedicó al teatro. Leí algunas de sus obras y creo haber visto un montaje suyo. Lo cierto es que la perdí la pista. Creo que pese a que el teatro es el vehículo perfecto para conectar con los espectadores, ella lo hizo mejor en esas dos series, que nos hicieron abrir mucho los ojos ante una sociedad abocada a un cambio sustancial. Además para mí que siempre me ha interesado la interpretación, ver en televisión historias tan cercanas a la gente de mi generación, que conectaban de una manera tan natural con el espectador, resultó un estímulo añadido.
Reconozco que hoy con la noticia de su muerte me ha podido un poco la nostalgia y la machacona sintonía de “Anillos de Oro” ha vuelto a martillear mi cabeza hasta provocar que se gire unos instantes hacía lo que fui y lo que quería llegar a ser. Sirva el ejercicio de homenaje a su instigadora.