Soy lector de ciencia ficción desde que era adolescente. No soy un freaky que devore libros sin parar, alterno esas lecturas con otras muy diferentes, pero lo cierto que la lectura de novelas y relatos de este género ha sido una constante en mi vida, y va en aumento. Esto que parece la revelación de un vicio inconfesable, es precisamente una sana reivindicación.
Miquel Barceló, en el prólogo de su "Guía de Lectura de Ciencia Ficción", que por cierto acaba de actualizar 25 años después de su publicación, dice que este es el género de las ideas frente a otros que inciden más en la estética. Estoy de acuerdo. La ciencia ficción, además de imaginativa, por definición hace planteamientos innovadores, diferentes. Una novela de ciencia ficción garantiza siempre una hipótesis, una especulación, un futurible que quizás nunca se nos haya pasado por la cabeza. Si además la novela es buena, cosa que puede ocurrir si nos dejamos aconsejar por guías como la de Barceló, disfrutaremos con la elucubración y ensancharemos nuestra mente con nuevas variables.
Yo añadiría que son novelas en las que predomina la acción, en las que los acontecimientos se suceden de modo menos previsible que en cualquier otro género. Invocan a la imaginación, logran revivir al niño curioso e impresionable que todos fuimos y nos permiten poner un pie en la luna, un ejercicio vital cuando estamos todo el día adheridos a la puñetera realidad.
Para mi Asimov, C. Clarke, Wells, el propio Verne, deberían estar a la altura de autores clásicos que no sufren el estigma de haber cultivado un género injustamente clasificado como menor. Y confieso que, harto de tanta literatura pretenciosa y distante, aumenta mi apego al género que juega con lo que somos y lo que podríamos llegar a ser.
No hay comentarios:
Publicar un comentario