martes, 20 de octubre de 2015

El bareto del debate

El debate entre Rivera e Iglesias organizado por Jordi Évole ha dado mucho de qué hablar, como es normal en este contexto de anormalidad democrática en el que debatir, de verdad, está fuera del alcance de nuestros políticos. El programa se ha diseccionado al milímetro: miradas, gestos, afirmaciones, dudas, “boutades”, verdades, mentiras y también el bar. Un bar de barrio de los que hemos conocido a montones y que andan de “capa caída” aunque sin peligro de extinción.
Tiremos de tópicos: hablando se entiende la gente, y donde más habla la gente es en el bar, por lo que la elección no parece descabellada. Pero lo relevante es el tipo de bar seleccionado, el bareto de toda la vida, ese que nos es tan familiar a pesar de estar a centenares de kilómetros de nuestra casa. A mí me conmovió especialmente el lugar en el que debatieron los dos gallitos que quieren revolucionar el corral de la política.  Sitios como ese frecuentaba mi padre para mascar su rutina de obrero y maldecir, con iracundo sigilo, el régimen del militar fascistón. Cuando el abuelito murió, en la cama, reinó momentáneamente el jolgorio. Pero la alegría duró poco y los años de la reconversión industrial, de la laxitud socialdemócrata y después los de los desmanes neoliberales, devolvieron a aquellos establecimientos a su papel ocre, desvencijado y ocioso. El fútbol volvió a colonizar las porfías, los naipes coparon las mesas y el alcohol de muchos grados y buqué ligeramente avinagrado corrió de nuevo. El pueblo, aun mínimamente unido, volvió a ser vencido y sus bares se convirtieron en templos de la decepción.
Y así nos plantamos en la actualidad, en pleno siglo XXI, donde perviven estos establecimientos porque siguen siendo la principal válvula de escape de mucha gente que no puede optar a otro tipo de placeres. Nada de reconversiones en lugares de moda, nada de gafapastas y modernos de hechuras vintage, nada de estética obrera impostada. Son lugares donde gente normal y humilde convive entre sus paredes alicatadas, con la banda sonora de las tragaperras y el bullicio cotidiano de fondo. Por eso muchos miran con indiferencia a los dos coleguitas tan estupendos y bienhablados que llegan allí a debatir y a ofrecer panaceas en vaqueros y remiendos sin corbata. Parecen distintos, pero todavía no son de fiar para los que ya han experimentado el engaño y aún sufren sus consecuencias.

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