Hoy ha muerto Ana Diosdado. Lo primero que me ha sorprendido ha sido su edad. Tenía casi ochenta años y aunque esa ya no es una razón para morir por “ley de vida”, como se decía antes, pensé que era más joven. Quizás porque siempre la tuve por una mujer apegada a la contemporaneidad e incluso adelantada a su tiempo.
La recuerdo por sus dos grandes éxitos televisivos: “Anillos de Oro” y “Segunda Enseñanza”. Con la primera empecé a vislumbrar una sociedad apartada del mundo parduzco, polvoriento, marginal del Madrid de extrarradio de los ochenta. El que proponía ella, habitado por profesionales liberales, parejas que naufragan y vuelven a intentarlo, por gente que perseguía y peleaba por sus sueños sin afán de resignación, a ojos de un niño suponía un potente estímulo que contribuía a fraguar las esperanzas del futuro.
Con “Segunda Enseñanza” los jóvenes nos vimos por primera vez ligeramente reflejados en la pantalla tal como éramos. Lástima que profesoras como la que interpretaba Ana escasearan tanto en la realidad.
Ella escribió y actuó en esas series, imprimiendo su sello personal, que rezumaba honestidad, apego a la realidad sin aderezos y visión de futuro. Y todo eso pese a su aspecto recatado, si queréis incluso monjil, que sabía explotar en contraposición con sus personajes rompedores y las ideas avanzadas que proponían.
Después se dedicó al teatro. Leí algunas de sus obras y creo haber visto un montaje suyo. Lo cierto es que la perdí la pista. Creo que pese a que el teatro es el vehículo perfecto para conectar con los espectadores, ella lo hizo mejor en esas dos series, que nos hicieron abrir mucho los ojos ante una sociedad abocada a un cambio sustancial. Además para mí que siempre me ha interesado la interpretación, ver en televisión historias tan cercanas a la gente de mi generación, que conectaban de una manera tan natural con el espectador, resultó un estímulo añadido.
Reconozco que hoy con la noticia de su muerte me ha podido un poco la nostalgia y la machacona sintonía de “Anillos de Oro” ha vuelto a martillear mi cabeza hasta provocar que se gire unos instantes hacía lo que fui y lo que quería llegar a ser. Sirva el ejercicio de homenaje a su instigadora.
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