(Impresiones basadas en el primer capítulo de la primera temporada. No contiene spoilers)
El caso es que ver en este momento Borgen ofrece un plus añadido a la calidad inherente de esta ficción televisiva, porque nos remite constante e irremisiblemente a la analogía con lo que vivimos en este país.
En el primer capítulo, en el que se cuentan los tres días previos a las elecciones y la noche electoral, ya tenemos jugosos elementos para el análisis. Me fijo en el personaje de la candidata del partido moderado, una mujer que pacta con su marido dedicarse cada uno cinco años a potenciar su carrera y así poder alternar el peso de las cargas familiares, que vive en una casa sencilla, decorada al estilo IKEA y más propia de una protagonista de sit com que de una ficción política. Su vida parece discurrir en parámetros de absoluta normalidad, en la que las relaciones familiares salpicadas de humor, ternura y algunos reproches por la dedicación absorbente de la política, son elementos que apuntalan esa visión de sencillez. Ella elige su vestuario entre un fondo de armario que no tiene pinta de tener grandes movimientos.
También es curiosa la relación con su asesor de comunicación (manipulador, maquiavélico e inteligente), al que sólo puede controlar desde la convicción de que lo importante son eso, las convicciones políticas y no los resultados electorales. Birgitte tiene claro que su paso por la política es temporal, que alcanzar el poder es simplemente un instrumento de transformación y consecución de objetivos, pero que no merece la pena per se. Un argumento que usan todos nuestros políticos y que suena tan hueco como inverosímil. Deberían aprender del trabajo de interpretación de la actriz que interpreta a Birgitte, que es capaz de transmitir la imagen de una política más preocupada por su país que por las aspiraciones, personales y partidistas, de poder.
No hay comentarios:
Publicar un comentario