miércoles, 30 de septiembre de 2015

Objetividad evanescente

Tenemos a la objetividad por una de las grandes virtudes humanas y probablemente es una de las más difíciles de poseer. Pero en lugar de buscar sustitutivos factibles como la veracidad o el necesario ejercicio de contraste de opiniones y hechos, nos empeñamos en ser objetivos, cuando probablemente sea una cualidad alejada de nuestra condición humana.

Éste es un viejo debate periodístico, pero ahora no estoy pensando en eso. Resulta que también en la vida cotidiana todos pretendemos ser objetivos. Así intentamos persuadir a los que nos rodean de que nuestra versión es la certera, la justa, la adecuada y llevarnos la contraria implicaría un agravio, ya no a nosotros, pobres infelices, sino a la mismísima sacrosanta objetividad. Si pensamos que una persona cuenta con atributos virtuosos, no concebimos que nadie pueda cuestionar su forma de ser o sus actos; e igual pasa cuando el sujeto analizado nos resulta reprobable y pensamos que nadie debería empatizar con él. Normalmente nos damos cuenta de estos episodios cuando el que ejerce de “objetivo” es otro. Pero si lo pensamos bien, todos caemos en esta actitud tan frecuente como nociva.

Por eso es muy sano de vez en cuando poner en cuestión nuestras convicciones, las grandes y las pequeñas. Por eso no está mal adoptar en ocasiones posturas equidistantes. Por eso es tan importante ponerse en lugar del otro. Por eso hay que evitar caer en el seguidismo de los que tienen el poder de atraernos fácilmente hacía sus postulados. Por eso hay que reflexionar más y hablar menos.

Quizás por eso no sea tan mala idea plasmar en este blog  pequeñas reflexiones, advirtiendo de que son evanescentes, subjetivas y por tanto cuestionables.

martes, 29 de septiembre de 2015

Cataluña y el viaje al fin de la noche

En el “Viaje al fin de la noche”, cuenta Céline una de las desventuras de Ferdinand Bardamu, su alter ego. Después de desertar del ejército francés en la primera guerra mundial, haciéndose pasar por enfermo, se enrola en un barco hacia el trópico. Pero no sabe muy bien porqué, todos los pasajeros del buque empiezan a recelar de él. Especulan sobre el motivo de su viaje y a cada cual se le ocurre una justificación más oscura y retorcida, hasta el punto de que el bueno de Ferdinand teme por su vida. El odio se expande según pasan los días y el ambiente parece una olla express a punto de estallar. Sólo en los prolegómenos del linchamiento, Ferdinand consigue salvar el pellejo gracias a su oratoria. Logra hilvanar un discurso patriótico inapelable, que conmueve a unos y desarticula las justificaciones del odio salvaje de otros.

De todo este lío sobre Cataluña, del que confieso un hartazgo importante, he visto alguna similitud con este pasaje. Y así, de pronto, se me ocurren cinco conclusiones sobre la narración de Celine que pudieran extrapolarse a nuestro culebrón patrio:

  1. El odio prende como la pólvora en sociedades insatisfechas, con independencia de si se cimenta sobre postulados falsos, o de si se apela a los sentimientos propios o a la sinrazón del otro.
  2. Una vez propagado, es muy difícil desactivar un sentimiento colectivo de odio.
  3. La única manera de evitar la confrontación es forzar el diálogo, usando la retórica más persuasiva si es necesario.
  4. La patria y la religión, máximas expresiones del emocionario colectivo, son los detonantes de la mayoría de los conflictos que ha tenido y tendrá la humanidad.
  5. Somos una especie complicada de narices y tenemos muy difícil la convivencia en común. No aprendemos y cada vez somos más eficientemente destructivos, por tanto no deberíamos forzar las rencillas más allá de lo necesario.

lunes, 28 de septiembre de 2015

Mi útlimo viaje a Amsterdam. ¿Me estaré volviendo conservador?

Hace quince años que visité por primera vez Amsterdam y vine fascinado por una ciudad respetuosa con la gente que la habita. A parte del sentido cívico, vial y ecológico, la permisividad respecto al sexo y las drogas en ámbitos acotados pero perfectamente públicos, legales y aceptados sin marginalidad, contrastaba con la actitud hipócritamente represora del resto de occidente. Esa tolerancia, que era palpable, incitaba respeto. Te sientes respetado, respetas. La fórmula es sencilla e inexplicablemente ignorada. El caso es que lejos de una ciudad pecaminosa, uno tenía la sensación de habitar un espacio en el que había cabida para todos sin atisbo de sordidez, clandestinidad, ni marginalidad.

15 años después he vuelto y… pienso lo mismo. ¿Me estaré volviendo conservador?

miércoles, 23 de septiembre de 2015

Vivan las intrigas y las guerras intestinas

Alucino con lo de la Volkswagen. No tanto por el engaño masivo que supone alterar las mediciones de contaminación de sus motores, sino por la forma que ha salido a la luz.

Que una gran compañía maniobre y altere la realidad para vender más, intuyo que desgraciadamente es práctica frecuente. Lo que me ha llamado la atención es que la filtración haya venido por disensiones internas en la compañía.

El corporativismo, en su versión más nociva, provoca que las personas y las organizaciones colaboren en tapar sus miserias, engañando y perjudicando a terceros. Pero cuando existen tensiones entre elementos de una misma organización, pasan cosas como las de Volkswagen: alguien se encabrona con otros, pierde la partida y dice, os váis a enterar. Entonces resulta que ese rebote tiene un efecto muy nocivo por dentro, pero saludable por fuera, porque contribuye a aflorar la podredumbre.

No nos engañemos, ni el periodismo cada vez más amordazado por los intereses de sus patronos, ni la justicia politizada hasta la náusea van a ejercer su labor de control ante estos atropellos. Así que ésta parece la única manera de arrojar luz sobre los tejemanejes que las organizaciones urden para subsistir, medrar y triunfar. Vivan las intrigas y las guerras intestinas.

martes, 22 de septiembre de 2015

Trueba stand up

El discurso de la polémica, el pronunciado por Fernando Trueba en San Sebastián cuando recibió el Premio Nacional de Cinematografía, a mi me parece más un monólogo cómico, ingenioso y trufado de anécdotas cultas e interesantes, que una arenga contra España. Lo que pasa es que Trueba es como Eugenio, se pone tan serio que a veces no tiene ni puñetera gracia, aunque haga guiños a Gila mentando al enemigo.

Está claro que el cineasta no está cómodo con el galardón. Su frase más repetida es “Tengo muchos conflictos con este premio”. Entonces recurre al escepticismo y al nihilismo para decir: me la sopla el premio, me incomoda su carácter nacional, pero el dinero no me viene mal. Nadie es perfecto, que diría nuestro adorado Billy Wilder.  A mi, en estos casos, me parece más coherentes y revolucionarias actitudes como la de Javier Marías, que opta por declinar premios en los que no cree. Pero allá cada uno.

Creo por encima de todo en la libertad de expresión, y Trueba la ejerce diciendo lo que quiere y cuando quiere, aunque personalmente me resulte violenta y paradójica una actitud tan beligerante con quien reconoce tu trabajo a esos niveles. También creo que el contexto no parecía el más adecuado, el momento tampoco. Rápidamente sus palabras formaron titulares y lo que era una loa antipatriótica, un exhorto divertido a la vacuidad de las fronteras, se convirtió en un ataque a una España en momentos bajos. Eso sí, ahora quienes tenemos que aguantar los exabruptos de los exaltados en radios, teles, columnas y tabernas somos los demás. Porque tu discurso, Fernando, ha pasado a formar parte del argumentario cavernícola de los que quieren imponer una versión unívoca de esa realidad de la que tú, cráneo privilegiado, te escapas cuando te da la gana.

Sólo por eso, me desahogo diciéndote que cada vez prefiero más el cine, los guiones  y sobre todo la literatura que hace tu hermano. Y que a ver cuando haces de una puñetera vez ese porno que te gustaría ver, con el que llevas amagando toda la vida.

Lo último. Un ejercicio sano para los opinadores: escuchar los discursos íntegros.