Tenemos a la objetividad por una de las grandes virtudes humanas y probablemente es una de las más difíciles de poseer. Pero en lugar de buscar sustitutivos factibles como la veracidad o el necesario ejercicio de contraste de opiniones y hechos, nos empeñamos en ser objetivos, cuando probablemente sea una cualidad alejada de nuestra condición humana.
Éste es un viejo debate periodístico, pero ahora no estoy pensando en eso. Resulta que también en la vida cotidiana todos pretendemos ser objetivos. Así intentamos persuadir a los que nos rodean de que nuestra versión es la certera, la justa, la adecuada y llevarnos la contraria implicaría un agravio, ya no a nosotros, pobres infelices, sino a la mismísima sacrosanta objetividad. Si pensamos que una persona cuenta con atributos virtuosos, no concebimos que nadie pueda cuestionar su forma de ser o sus actos; e igual pasa cuando el sujeto analizado nos resulta reprobable y pensamos que nadie debería empatizar con él. Normalmente nos damos cuenta de estos episodios cuando el que ejerce de “objetivo” es otro. Pero si lo pensamos bien, todos caemos en esta actitud tan frecuente como nociva.
Por eso es muy sano de vez en cuando poner en cuestión nuestras convicciones, las grandes y las pequeñas. Por eso no está mal adoptar en ocasiones posturas equidistantes. Por eso es tan importante ponerse en lugar del otro. Por eso hay que evitar caer en el seguidismo de los que tienen el poder de atraernos fácilmente hacía sus postulados. Por eso hay que reflexionar más y hablar menos.
Quizás por eso no sea tan mala idea plasmar en este blog pequeñas reflexiones, advirtiendo de que son evanescentes, subjetivas y por tanto cuestionables.




