miércoles, 9 de marzo de 2016

Si hay elecciones de nuevo, el próximo presidente será Albert Rivera

En la situación actual nadie se atreve a pronosticar quién será el próximo presidente del gobierno en España. Y no me extraña. El espectáculo de cinismo político, disenso endémico y empecinamiento en la repetición de los errores del pasado, es lamentable.
Los analistas, tertulianos y expertos, están hechos un lío, pero hacen su agosto ya que todo el mundo les mira para que expresen augurios creíbles. Y no se mojan, porque tienen mucho camino por delante y miedo a errar, que como todo el mundo sabe, es cosa sólo de humanos.
Pues bien, yo no tengo nada que perder y me aventuro a decir que el próximo presidente, si se repiten elecciones con los mismos actores, será Albert Rivera. Y que conste que no estoy expresando un deseo, sólo una predicción basada en una retorcida e hipotética regla de tres.
1 Si se repiten elecciones es porque el acuerdo de izquierdas no es posible.
2 Si se repiten elecciones los resultados serán muy parecidos a los de diciembre.
3. Si el PP no apoyará un gobierno liderado por el PSOE y viceversa, sólo queda una opción: que el aliado de ambos, el denominador común,  sea el que tome las riendas del gobierno apoyado por estos.
Es más, creo que Albert, que como todo el mundo dice es muy listo, tiene en mente esta jugada, apuesta por ella  y no va desencaminado. Quizás el éxito de la nueva política esté  en ocupar el papel de árbitro entre lo nuevo y lo viejo, entre lo antagónico, entre el ayer y el mañana. Quizá el centro propicie no sólo equidistancia, también poder.

miércoles, 13 de enero de 2016

Narco-opereta sangrienta

Todo lo relacionado con el caso del narco más conocido del mundo, el Chapo Guzmán, es rocambolesco. La fuga de prisión por un increíble túnel excavado ad hoc, más parecido a la m-30 que a una topera. El consiguiente ridículo de las autoridades mexicanas, azuzado por los tweets de los hijos del Chapo jactándose del poderío de su progenitor. La poca capacidad de reacción para atraparlo de nuevo. Y ahora el episodio de la detención.
Resulta que el narco se veía digno de inspirar un biopic americano y empezó a mantener contactos con el mundo del cine para dar los primeros pasos hacia su inmortalidad fílmica. Y por el camino, nada más y nada menos, que concede una entrevista a Sean Penn para Rolling Stone. Como si una estrella del rock se tratará. Y por esas veleidades volvió a caer en la jaula: “la vanidad acabó con el Chapo” titularon muchos.
Lo malo de todo esto es que lo que parece el argumento de película de serie b, pertenece más bien al género documental. Detrás de la pequeña figura del narco, hay miles de muertes violentas, algunas de ellas dejan las exhibiciones de brutalidad yihadista a la altura de las películas de Disney, por seguir con los símiles cinematográficos. Todo para controlar el estado paralelo y casi hegemónico que los narcos han implantado en México. Estoy terminando de leer “El Cártel”, de Don Wislow, y en esa novela, como en su antecesora, “El poder del perro” se refleja con toda crudeza el reinado de los narcos y el desolador panorama de la subyugada sociedad civil. Novelas trepidantes y espeluznantes que nos acercan a una realidad que nos parece lejana y deformada por estos episodios de narco-opereta, pero que se asemeja más a  escenarios como el de Siria que al del México de western que pintan algunos.

martes, 12 de enero de 2016

A las asambleas, independentistas

Creo en el asamblearismo. He participado en asociaciones en las que las decisiones se tomaban así, por consenso popular, como una reunión de vecinos pero un poco más civilizada y con mayor implicación por parte de los participantes. No se me ocurre manera más democrática de tomar decisiones y de implicar a la gente en la gestión de los temas que les interesan y afectan. Por tanto apoyo conceptualmente el modelo, que me parece un sistema muy adecuado de gestión democrática real. Pero como en todo en la vida hay imperfecciones y, no sé porqué, al final acaban aflorando y contaminando todo el sistema.
Pienso todo esto a raíz de lo que ha pasado con la CUP en Cataluña. Una organización que toma sus decisiones de manera democrática, pero que a última hora confía un poder de negociación a un reducido grupo de miembros, que suscribe un pacto en contra de su propia esencia: aceptan la defenestración de algunos de sus diputados, acuerdan limitar su representatividad lograda legítimamente en las urnas, permiten humillaciones que han calificado de casi xenófobas, encumbran al poder a un tipo en sus antípodas ideológicas, firman casi un cheque en blanco para que gobierne y permiten el escarnio público de su organización. Todo en aras del proceso independentista. De una gente que no confia en los estados, sino en las gentes que los padecen. Es decir, han colocado el inicio del proceso independentista por encima de todo, cuando ese todo además estaba lleno de contenido social y político. Ya se que se habla de las dos almas de la CUP, de la independentista y de la anticapitalista, pero no lo entiendo y sospecho que muchos de los participantes de esas asambleas, tampoco. Y les comprendo, porque he vivido situaciones parecidas. Y me fastidia, porque es tirar piedras contra el tejado de las creencias propias. Pero es evidente que algo falla.

lunes, 11 de enero de 2016

Bye Bowie

Hoy se ha ido Bowie y su figura enigmática y seductora se acrecienta un poco más. Siempre me inquietó su pose, sus gestos, su integridad como artista que no dudó en asumir plenamente sus propuestas, por muy arriesgadas que fueran. Y su música, claro. Bowie, además de un gran creador, era lo que ahora ha quedado como un convencionalismo en los créditos de las canciones que pocas veces se cumple: un intérprete. Vivía sus canciones por muy marcianas que fueran, que lo eran. Ziggy Stardust, un pasote de disco conceptual, sigue sonando en mi casa con la misma fuerza de antaño y sin demasiada competencia a ese derroche de imaginación y libertad creativa.
Pero para mi Bowie también era el reflejo de la libertad casi en mayúsculas, fuera de proclamas y contextos. Su figura artística y personal trascendía más allá de los intentos de cada época de escapar “porque si” y representaba más el “y ¿por qué no?”, más imaginativo y menos encorsetado. Su figura y su música nos acompañará siempre, porque ya era enorme mucho antes de morir.

lunes, 30 de noviembre de 2015

No entiendo lo del petróleo





Estos días se celebra la importantísima cumbre del clima en París. Se supone que el acuerdo que salga de ahí es el que va a sustituir al maltrecho protocolo de Kioto. Esta mañana escuché la predicciones de los científicos respecto al calentamiento global y da miedito, mucho miedito. Advierten que el hecho en sí del calentamiento y la identificación de sus causas es una evidencia científica incuestionable. Lo que es muy cuestionable es la falta de reacción de nuestros gobernantes y como esa negligencia contamina a las sociedades. Será que desde que soy padre a mi me afectan más estas cosas, pero ¿y ellos? ¿es que no piensan, al menos, en su privilegiada descendencia?
Y al hilo de todo esto pensé en el tema del petróleo. La utilización de este combustible fósil es parte del problema, pero no sólo de este, sino también de sus derivadas políticas y belicosas. Resulta que los mayores yacimientos están en suelos de Estados poco democráticos, que alimentan su barbarie a base de petrodólares. E incluso ahora sabemos que esos mismos dineros financian también a los fanáticos que tanto nos aterran en estos tiempos. Resulta también que la ciencia ya tiene alternativa para la generación de la energía que necesitamos y hay estudios que afirman que con un desarrollo de las renovables, se podría cubrir la demanda energética mundial. Resulta que occidente tiene la tecnología, el know how como dicen los "pedinglis", y el respaldo de la gente para el cambio. Pero no se hace. Y yo no lo entiendo. Aunque al principio paguemos más cara la energía, sabemos que a la larga los costes bajarán y por el camino habremos dado la batalla de revertir o al menos de frenar el cambio climático, y además cortaremos la financiación del hombre del saco. Y, como en las películas yankis, lograremos salvar el planeta y la raza humana, obviando el espectacular y angustioso in extremis. Pero no se hace, porque yo soy un ingenuo y porque quizás no merezca la pena salvar el pellejo de raza tan vil. Pero sigo sin entenderlo.

jueves, 26 de noviembre de 2015

Llorar, pensar, actuar

Escribí estas líneas a los pocos días del atentado de París, y no quise publicarlas por temor a contuvieran pensamientos demasiado apasionados, precipitados, más evanescentes que de costumbre. Quince días después los suscribo íntegramente.
Nos hemos convertido en soldados de esta guerra, queramos o no. Matamos y morimos como los militares en combate. Acometemos ofensivas con el pago de nuestros impuestos y con nuestros votos cambiamos el cariz de los acontecimientos en tierras lejanas. Y  morimos acribillados en nuestras oficinas, en el tren camino del trabajo, en las redacciones, en los restaurantes, en las salas de conciertos, en las calles. Nada de esto nos es ajeno, aunque a veces lo parezca, con lo cual un poco de implicación no estaría de más para evitar toda esta barbarie. Igual que hemos medio despertado para luchar frente a nuestras injusticias cotidianas, también tendríamos que tomar partido para acabar con estas otras.
No sé cual es la solución a todo esto, evidentemente, pero creo que entre todos podemos encontrarla. Se me ocurren algunas ideas: nos será más rentable convencer que vencer, aunque sé que ese camino es más difícil y largo; nos vendrá mejor actuar con inteligencia que aplicando la fuerza bruta, y  por ejemplo deberíamos pensar en cómo acabar con los apoyos y vías de financiación y por tanto la influencia que tienen estos sectarios, en lugar de bombardear indiscriminadamente. Creo también que hay que ayudar a los que sufren y combaten cada día a estos bárbaros, los otros musulmanes bajo el yugo de sus fanáticos. No estaría demás hacer autocrítica sobre las políticas de inmigración e integración. Y por supuesto, hay que afrontar los problemas geopolíticos de nuestro entorno de una manera más activa e inteligente que el pasotismo “rajoniano” con el que Europa actua frente a los males que acechan al otro lado de sus fronteras.
Yo no soy París, ni Charlie Hebdo ni nada por el estilo. Soy el tipo que va en tren a currar y sale volando por los aires, el que disfruta en libertad de un concierto y revienta por una granada, el que comparte su tiempo de ocio con sus amigos en un bar y es acribillado. Y eso no mola nada. Y lo que menos mola es la ideología que sustenta esas atrocidades: el fanatismo religioso, siempre virulento, pero más aún espoleado por la pobreza y la incultura, en buena parte propiciada por nuestro querido occidente. Yo quiero vivir en un estado laico, libre, justo, solidario, respetuoso y respetado. Y me temo que eso no va a ser fácil ni gratis…

miércoles, 11 de noviembre de 2015

Radios libres y comunitarias

Esta semana, por motivos profesionales, he tenido contacto con el tema de las emisoras de radio comunitarias. Desde la adolescencia hasta hace sólo unos cuantos años he participado en varias emisoras de este tipo, haciendo programas sobre todo culturales.
La radio comunitaria no es sólo una escuela para la gente que se quiere dedicar a esto de la comunicación, sino y sobre todo, un espacio de libertad de expresión para los ciudadanos, muchas veces infrautilizado, de acuerdo, pero al alcance de todos. También es un reducto de difusión cultural de primer orden, en cuanto a que sus propuestas jamás están condicionadas por las audiencias, ni por el mercado, ni por nada parecido
Su gestión, normalmente democrática, supone otro valor añadido. Para mí supuso mi primera aproximación al asociacionismo, a la toma de decisiones asamblearias,  al debatir y defender ideas ante el colectivo, a vivir en primera fila la grandeza y las miserias de la política entendida como la gestión de lo común.
Pero sobre todo es un espacio riquísimo para conocer gente interesante e interesada por temas variopintos.  Amigos muy distintos entre sí con los que compartir la pasión por comunicar lo que nos apasiona. Personas que no hace gala de sus gustos, sino que los intentan transmitir con la misma fuerza con que los sienten.