Estos días se celebra la importantísima cumbre del clima en París. Se supone que el acuerdo que salga de ahí es el que va a sustituir al maltrecho protocolo de Kioto. Esta mañana escuché la predicciones de los científicos respecto al calentamiento global y da miedito, mucho miedito. Advierten que el hecho en sí del calentamiento y la identificación de sus causas es una evidencia científica incuestionable. Lo que es muy cuestionable es la falta de reacción de nuestros gobernantes y como esa negligencia contamina a las sociedades. Será que desde que soy padre a mi me afectan más estas cosas, pero ¿y ellos? ¿es que no piensan, al menos, en su privilegiada descendencia?
Y al hilo de todo esto pensé en el tema del petróleo. La utilización de este combustible fósil es parte del problema, pero no sólo de este, sino también de sus derivadas políticas y belicosas. Resulta que los mayores yacimientos están en suelos de Estados poco democráticos, que alimentan su barbarie a base de petrodólares. E incluso ahora sabemos que esos mismos dineros financian también a los fanáticos que tanto nos aterran en estos tiempos. Resulta también que la ciencia ya tiene alternativa para la generación de la energía que necesitamos y hay estudios que afirman que con un desarrollo de las renovables, se podría cubrir la demanda energética mundial. Resulta que occidente tiene la tecnología, el know how como dicen los "pedinglis", y el respaldo de la gente para el cambio. Pero no se hace. Y yo no lo entiendo. Aunque al principio paguemos más cara la energía, sabemos que a la larga los costes bajarán y por el camino habremos dado la batalla de revertir o al menos de frenar el cambio climático, y además cortaremos la financiación del hombre del saco. Y, como en las películas yankis, lograremos salvar el planeta y la raza humana, obviando el espectacular y angustioso in extremis. Pero no se hace, porque yo soy un ingenuo y porque quizás no merezca la pena salvar el pellejo de raza tan vil. Pero sigo sin entenderlo.lunes, 30 de noviembre de 2015
jueves, 26 de noviembre de 2015
Llorar, pensar, actuar
Escribí estas líneas a los pocos días del atentado de París, y no quise publicarlas por temor a contuvieran pensamientos demasiado apasionados, precipitados, más evanescentes que de costumbre. Quince días después los suscribo íntegramente.
Nos hemos convertido en soldados de esta guerra, queramos o no. Matamos y morimos como los militares en combate. Acometemos ofensivas con el pago de nuestros impuestos y con nuestros votos cambiamos el cariz de los acontecimientos en tierras lejanas. Y morimos acribillados en nuestras oficinas, en el tren camino del trabajo, en las redacciones, en los restaurantes, en las salas de conciertos, en las calles. Nada de esto nos es ajeno, aunque a veces lo parezca, con lo cual un poco de implicación no estaría de más para evitar toda esta barbarie. Igual que hemos medio despertado para luchar frente a nuestras injusticias cotidianas, también tendríamos que tomar partido para acabar con estas otras.
No sé cual es la solución a todo esto, evidentemente, pero creo que entre todos podemos encontrarla. Se me ocurren algunas ideas: nos será más rentable convencer que vencer, aunque sé que ese camino es más difícil y largo; nos vendrá mejor actuar con inteligencia que aplicando la fuerza bruta, y por ejemplo deberíamos pensar en cómo acabar con los apoyos y vías de financiación y por tanto la influencia que tienen estos sectarios, en lugar de bombardear indiscriminadamente. Creo también que hay que ayudar a los que sufren y combaten cada día a estos bárbaros, los otros musulmanes bajo el yugo de sus fanáticos. No estaría demás hacer autocrítica sobre las políticas de inmigración e integración. Y por supuesto, hay que afrontar los problemas geopolíticos de nuestro entorno de una manera más activa e inteligente que el pasotismo “rajoniano” con el que Europa actua frente a los males que acechan al otro lado de sus fronteras.
Yo no soy París, ni Charlie Hebdo ni nada por el estilo. Soy el tipo que va en tren a currar y sale volando por los aires, el que disfruta en libertad de un concierto y revienta por una granada, el que comparte su tiempo de ocio con sus amigos en un bar y es acribillado. Y eso no mola nada. Y lo que menos mola es la ideología que sustenta esas atrocidades: el fanatismo religioso, siempre virulento, pero más aún espoleado por la pobreza y la incultura, en buena parte propiciada por nuestro querido occidente. Yo quiero vivir en un estado laico, libre, justo, solidario, respetuoso y respetado. Y me temo que eso no va a ser fácil ni gratis… miércoles, 11 de noviembre de 2015
Radios libres y comunitarias
Esta semana, por motivos profesionales, he tenido contacto con el tema de las emisoras de radio comunitarias. Desde la adolescencia hasta hace sólo unos cuantos años he participado en varias emisoras de este tipo, haciendo programas sobre todo culturales.
La radio comunitaria no es sólo una escuela para la gente que se quiere dedicar a esto de la comunicación, sino y sobre todo, un espacio de libertad de expresión para los ciudadanos, muchas veces infrautilizado, de acuerdo, pero al alcance de todos. También es un reducto de difusión cultural de primer orden, en cuanto a que sus propuestas jamás están condicionadas por las audiencias, ni por el mercado, ni por nada parecido
Su gestión, normalmente democrática, supone otro valor añadido. Para mí supuso mi primera aproximación al asociacionismo, a la toma de decisiones asamblearias, al debatir y defender ideas ante el colectivo, a vivir en primera fila la grandeza y las miserias de la política entendida como la gestión de lo común.
Pero sobre todo es un espacio riquísimo para conocer gente interesante e interesada por temas variopintos. Amigos muy distintos entre sí con los que compartir la pasión por comunicar lo que nos apasiona. Personas que no hace gala de sus gustos, sino que los intentan transmitir con la misma fuerza con que los sienten.
jueves, 29 de octubre de 2015
Microfinanciación
Existe una forma de financiación dirigida a los menos favorecidos, a los que no tienen acceso al crédito bancario y no quieren caer en manos de sus filiales usureras de los préstamos rápidos y extremadamente gravosos. Este modelo de proveer fondos a los excluidos por la banca convencional nació hace cuarenta años de la mano del profesor Muhammad Yunus y su Banco Grameen, que ofrecía microcréditos a mujeres hindúes para acometer sus pequeños proyectos empresariales. Y funcionó bien.
Cuatro décadas después la cosa ha evolucionado poco, en parte por el veto de los grandes bancos que ven este método como una amenaza al filón de su exitoso modelo de negocio: la hipoteca, el crédito al consumo, las comisiones bancarias que la mayoría de la gente suscribimos con ellos. Algunas entidades conocidas tienen pequeñas iniciativas de microfinanciación, pero más como una iniciativa de Responsabilidad Social Corporativa, es decir de postureo, que como una línea de negocio.
Pero existen redes alternativas de microfinanciación que prestan este servicio y por tanto realizan una labor muy positiva para gente con pocos recursos, pequeños emprendedores y gente con ideas y escasas posibilidades de llevarlas a cabo. Este modelo empieza a postularse además como un sistema atractivo para la inversión. Porque la microfinanza no es un crédito a fondo perdido, se cobran intereses a los prestatarios y se pagan a las personas que aportan capital al sistema, eso sí, de manera racional, poco especulativa.
Hace poco tuve la oportunidad de hablar con los responsables de la Asociación Española de Microfinanzas y de la European Microfinance Network y fue una charla muy esclarecedora. Un mundo por descubrir, tanto si estás en el lado del inversor como en el del prestatario.
Deberíamos estar aprendiendo muchas cosas de esta crisis, y quizás todo lo relacionado con la financiación a pequeña escala sea una de las lecciones más importantes a las que atender. Lo del crowdfunding parece que nos ha quedado claro, pero tengo la impresión de que estamos obviando otras alternativas como ésta, que pueden ser muy interesantes para salir del agujero en el que nos hallamos y que quizás nos ayuden a explorar una vía para combatir el capitalismo más especulativo que nos está asfixiando.
martes, 20 de octubre de 2015
El bareto del debate
El debate entre Rivera e Iglesias organizado por Jordi Évole ha dado mucho de qué hablar, como es normal en este contexto de anormalidad democrática en el que debatir, de verdad, está fuera del alcance de nuestros políticos. El programa se ha diseccionado al milímetro: miradas, gestos, afirmaciones, dudas, “boutades”, verdades, mentiras y también el bar. Un bar de barrio de los que hemos conocido a montones y que andan de “capa caída” aunque sin peligro de extinción.
Tiremos de tópicos: hablando se entiende la gente, y donde más habla la gente es en el bar, por lo que la elección no parece descabellada. Pero lo relevante es el tipo de bar seleccionado, el bareto de toda la vida, ese que nos es tan familiar a pesar de estar a centenares de kilómetros de nuestra casa. A mí me conmovió especialmente el lugar en el que debatieron los dos gallitos que quieren revolucionar el corral de la política. Sitios como ese frecuentaba mi padre para mascar su rutina de obrero y maldecir, con iracundo sigilo, el régimen del militar fascistón. Cuando el abuelito murió, en la cama, reinó momentáneamente el jolgorio. Pero la alegría duró poco y los años de la reconversión industrial, de la laxitud socialdemócrata y después los de los desmanes neoliberales, devolvieron a aquellos establecimientos a su papel ocre, desvencijado y ocioso. El fútbol volvió a colonizar las porfías, los naipes coparon las mesas y el alcohol de muchos grados y buqué ligeramente avinagrado corrió de nuevo. El pueblo, aun mínimamente unido, volvió a ser vencido y sus bares se convirtieron en templos de la decepción.
Y así nos plantamos en la actualidad, en pleno siglo XXI, donde perviven estos establecimientos porque siguen siendo la principal válvula de escape de mucha gente que no puede optar a otro tipo de placeres. Nada de reconversiones en lugares de moda, nada de gafapastas y modernos de hechuras vintage, nada de estética obrera impostada. Son lugares donde gente normal y humilde convive entre sus paredes alicatadas, con la banda sonora de las tragaperras y el bullicio cotidiano de fondo. Por eso muchos miran con indiferencia a los dos coleguitas tan estupendos y bienhablados que llegan allí a debatir y a ofrecer panaceas en vaqueros y remiendos sin corbata. Parecen distintos, pero todavía no son de fiar para los que ya han experimentado el engaño y aún sufren sus consecuencias.
martes, 13 de octubre de 2015
Soy lector de ciencia ficción
Soy lector de ciencia ficción desde que era adolescente. No soy un freaky que devore libros sin parar, alterno esas lecturas con otras muy diferentes, pero lo cierto que la lectura de novelas y relatos de este género ha sido una constante en mi vida, y va en aumento. Esto que parece la revelación de un vicio inconfesable, es precisamente una sana reivindicación.
Miquel Barceló, en el prólogo de su "Guía de Lectura de Ciencia Ficción", que por cierto acaba de actualizar 25 años después de su publicación, dice que este es el género de las ideas frente a otros que inciden más en la estética. Estoy de acuerdo. La ciencia ficción, además de imaginativa, por definición hace planteamientos innovadores, diferentes. Una novela de ciencia ficción garantiza siempre una hipótesis, una especulación, un futurible que quizás nunca se nos haya pasado por la cabeza. Si además la novela es buena, cosa que puede ocurrir si nos dejamos aconsejar por guías como la de Barceló, disfrutaremos con la elucubración y ensancharemos nuestra mente con nuevas variables.
Yo añadiría que son novelas en las que predomina la acción, en las que los acontecimientos se suceden de modo menos previsible que en cualquier otro género. Invocan a la imaginación, logran revivir al niño curioso e impresionable que todos fuimos y nos permiten poner un pie en la luna, un ejercicio vital cuando estamos todo el día adheridos a la puñetera realidad.
Para mi Asimov, C. Clarke, Wells, el propio Verne, deberían estar a la altura de autores clásicos que no sufren el estigma de haber cultivado un género injustamente clasificado como menor. Y confieso que, harto de tanta literatura pretenciosa y distante, aumenta mi apego al género que juega con lo que somos y lo que podríamos llegar a ser.lunes, 5 de octubre de 2015
Ana Diosdado
Hoy ha muerto Ana Diosdado. Lo primero que me ha sorprendido ha sido su edad. Tenía casi ochenta años y aunque esa ya no es una razón para morir por “ley de vida”, como se decía antes, pensé que era más joven. Quizás porque siempre la tuve por una mujer apegada a la contemporaneidad e incluso adelantada a su tiempo.
La recuerdo por sus dos grandes éxitos televisivos: “Anillos de Oro” y “Segunda Enseñanza”. Con la primera empecé a vislumbrar una sociedad apartada del mundo parduzco, polvoriento, marginal del Madrid de extrarradio de los ochenta. El que proponía ella, habitado por profesionales liberales, parejas que naufragan y vuelven a intentarlo, por gente que perseguía y peleaba por sus sueños sin afán de resignación, a ojos de un niño suponía un potente estímulo que contribuía a fraguar las esperanzas del futuro.
Con “Segunda Enseñanza” los jóvenes nos vimos por primera vez ligeramente reflejados en la pantalla tal como éramos. Lástima que profesoras como la que interpretaba Ana escasearan tanto en la realidad.
Ella escribió y actuó en esas series, imprimiendo su sello personal, que rezumaba honestidad, apego a la realidad sin aderezos y visión de futuro. Y todo eso pese a su aspecto recatado, si queréis incluso monjil, que sabía explotar en contraposición con sus personajes rompedores y las ideas avanzadas que proponían.
Después se dedicó al teatro. Leí algunas de sus obras y creo haber visto un montaje suyo. Lo cierto es que la perdí la pista. Creo que pese a que el teatro es el vehículo perfecto para conectar con los espectadores, ella lo hizo mejor en esas dos series, que nos hicieron abrir mucho los ojos ante una sociedad abocada a un cambio sustancial. Además para mí que siempre me ha interesado la interpretación, ver en televisión historias tan cercanas a la gente de mi generación, que conectaban de una manera tan natural con el espectador, resultó un estímulo añadido.
Reconozco que hoy con la noticia de su muerte me ha podido un poco la nostalgia y la machacona sintonía de “Anillos de Oro” ha vuelto a martillear mi cabeza hasta provocar que se gire unos instantes hacía lo que fui y lo que quería llegar a ser. Sirva el ejercicio de homenaje a su instigadora.miércoles, 30 de septiembre de 2015
Objetividad evanescente
Tenemos a la objetividad por una de las grandes virtudes humanas y probablemente es una de las más difíciles de poseer. Pero en lugar de buscar sustitutivos factibles como la veracidad o el necesario ejercicio de contraste de opiniones y hechos, nos empeñamos en ser objetivos, cuando probablemente sea una cualidad alejada de nuestra condición humana.
Éste es un viejo debate periodístico, pero ahora no estoy pensando en eso. Resulta que también en la vida cotidiana todos pretendemos ser objetivos. Así intentamos persuadir a los que nos rodean de que nuestra versión es la certera, la justa, la adecuada y llevarnos la contraria implicaría un agravio, ya no a nosotros, pobres infelices, sino a la mismísima sacrosanta objetividad. Si pensamos que una persona cuenta con atributos virtuosos, no concebimos que nadie pueda cuestionar su forma de ser o sus actos; e igual pasa cuando el sujeto analizado nos resulta reprobable y pensamos que nadie debería empatizar con él. Normalmente nos damos cuenta de estos episodios cuando el que ejerce de “objetivo” es otro. Pero si lo pensamos bien, todos caemos en esta actitud tan frecuente como nociva.
Por eso es muy sano de vez en cuando poner en cuestión nuestras convicciones, las grandes y las pequeñas. Por eso no está mal adoptar en ocasiones posturas equidistantes. Por eso es tan importante ponerse en lugar del otro. Por eso hay que evitar caer en el seguidismo de los que tienen el poder de atraernos fácilmente hacía sus postulados. Por eso hay que reflexionar más y hablar menos.
Quizás por eso no sea tan mala idea plasmar en este blog pequeñas reflexiones, advirtiendo de que son evanescentes, subjetivas y por tanto cuestionables.
martes, 29 de septiembre de 2015
Cataluña y el viaje al fin de la noche
En el “Viaje al fin de la noche”, cuenta Céline una de las desventuras de Ferdinand Bardamu, su alter ego. Después de desertar del ejército francés en la primera guerra mundial, haciéndose pasar por enfermo, se enrola en un barco hacia el trópico. Pero no sabe muy bien porqué, todos los pasajeros del buque empiezan a recelar de él. Especulan sobre el motivo de su viaje y a cada cual se le ocurre una justificación más oscura y retorcida, hasta el punto de que el bueno de Ferdinand teme por su vida. El odio se expande según pasan los días y el ambiente parece una olla express a punto de estallar. Sólo en los prolegómenos del linchamiento, Ferdinand consigue salvar el pellejo gracias a su oratoria. Logra hilvanar un discurso patriótico inapelable, que conmueve a unos y desarticula las justificaciones del odio salvaje de otros.
De todo este lío sobre Cataluña, del que confieso un hartazgo importante, he visto alguna similitud con este pasaje. Y así, de pronto, se me ocurren cinco conclusiones sobre la narración de Celine que pudieran extrapolarse a nuestro culebrón patrio:
- El odio prende como la pólvora en sociedades insatisfechas, con independencia de si se cimenta sobre postulados falsos, o de si se apela a los sentimientos propios o a la sinrazón del otro.
- Una vez propagado, es muy difícil desactivar un sentimiento colectivo de odio.
- La única manera de evitar la confrontación es forzar el diálogo, usando la retórica más persuasiva si es necesario.
- La patria y la religión, máximas expresiones del emocionario colectivo, son los detonantes de la mayoría de los conflictos que ha tenido y tendrá la humanidad.
- Somos una especie complicada de narices y tenemos muy difícil la convivencia en común. No aprendemos y cada vez somos más eficientemente destructivos, por tanto no deberíamos forzar las rencillas más allá de lo necesario.
lunes, 28 de septiembre de 2015
Mi útlimo viaje a Amsterdam. ¿Me estaré volviendo conservador?
Hace quince años que visité por primera vez Amsterdam y vine fascinado por una ciudad respetuosa con la gente que la habita. A parte del sentido cívico, vial y ecológico, la permisividad respecto al sexo y las drogas en ámbitos acotados pero perfectamente públicos, legales y aceptados sin marginalidad, contrastaba con la actitud hipócritamente represora del resto de occidente. Esa tolerancia, que era palpable, incitaba respeto. Te sientes respetado, respetas. La fórmula es sencilla e inexplicablemente ignorada. El caso es que lejos de una ciudad pecaminosa, uno tenía la sensación de habitar un espacio en el que había cabida para todos sin atisbo de sordidez, clandestinidad, ni marginalidad.
15 años después he vuelto y… pienso lo mismo. ¿Me estaré volviendo conservador?
miércoles, 23 de septiembre de 2015
Vivan las intrigas y las guerras intestinas
Alucino con lo de la Volkswagen. No tanto por el engaño masivo que supone alterar las mediciones de contaminación de sus motores, sino por la forma que ha salido a la luz.
Que una gran compañía maniobre y altere la realidad para vender más, intuyo que desgraciadamente es práctica frecuente. Lo que me ha llamado la atención es que la filtración haya venido por disensiones internas en la compañía.
El corporativismo, en su versión más nociva, provoca que las personas y las organizaciones colaboren en tapar sus miserias, engañando y perjudicando a terceros. Pero cuando existen tensiones entre elementos de una misma organización, pasan cosas como las de Volkswagen: alguien se encabrona con otros, pierde la partida y dice, os váis a enterar. Entonces resulta que ese rebote tiene un efecto muy nocivo por dentro, pero saludable por fuera, porque contribuye a aflorar la podredumbre.
No nos engañemos, ni el periodismo cada vez más amordazado por los intereses de sus patronos, ni la justicia politizada hasta la náusea van a ejercer su labor de control ante estos atropellos. Así que ésta parece la única manera de arrojar luz sobre los tejemanejes que las organizaciones urden para subsistir, medrar y triunfar. Vivan las intrigas y las guerras intestinas.
Que una gran compañía maniobre y altere la realidad para vender más, intuyo que desgraciadamente es práctica frecuente. Lo que me ha llamado la atención es que la filtración haya venido por disensiones internas en la compañía.
El corporativismo, en su versión más nociva, provoca que las personas y las organizaciones colaboren en tapar sus miserias, engañando y perjudicando a terceros. Pero cuando existen tensiones entre elementos de una misma organización, pasan cosas como las de Volkswagen: alguien se encabrona con otros, pierde la partida y dice, os váis a enterar. Entonces resulta que ese rebote tiene un efecto muy nocivo por dentro, pero saludable por fuera, porque contribuye a aflorar la podredumbre.
No nos engañemos, ni el periodismo cada vez más amordazado por los intereses de sus patronos, ni la justicia politizada hasta la náusea van a ejercer su labor de control ante estos atropellos. Así que ésta parece la única manera de arrojar luz sobre los tejemanejes que las organizaciones urden para subsistir, medrar y triunfar. Vivan las intrigas y las guerras intestinas.
martes, 22 de septiembre de 2015
Trueba stand up
El discurso de la polémica, el pronunciado por Fernando Trueba en San Sebastián cuando recibió el Premio Nacional de Cinematografía, a mi me parece más un monólogo cómico, ingenioso y trufado de anécdotas cultas e interesantes, que una arenga contra España. Lo que pasa es que Trueba es como Eugenio, se pone tan serio que a veces no tiene ni puñetera gracia, aunque haga guiños a Gila mentando al enemigo.
Está claro que el cineasta no está cómodo con el galardón. Su frase más repetida es “Tengo muchos conflictos con este premio”. Entonces recurre al escepticismo y al nihilismo para decir: me la sopla el premio, me incomoda su carácter nacional, pero el dinero no me viene mal. Nadie es perfecto, que diría nuestro adorado Billy Wilder. A mi, en estos casos, me parece más coherentes y revolucionarias actitudes como la de Javier Marías, que opta por declinar premios en los que no cree. Pero allá cada uno.
Creo por encima de todo en la libertad de expresión, y Trueba la ejerce diciendo lo que quiere y cuando quiere, aunque personalmente me resulte violenta y paradójica una actitud tan beligerante con quien reconoce tu trabajo a esos niveles. También creo que el contexto no parecía el más adecuado, el momento tampoco. Rápidamente sus palabras formaron titulares y lo que era una loa antipatriótica, un exhorto divertido a la vacuidad de las fronteras, se convirtió en un ataque a una España en momentos bajos. Eso sí, ahora quienes tenemos que aguantar los exabruptos de los exaltados en radios, teles, columnas y tabernas somos los demás. Porque tu discurso, Fernando, ha pasado a formar parte del argumentario cavernícola de los que quieren imponer una versión unívoca de esa realidad de la que tú, cráneo privilegiado, te escapas cuando te da la gana.
Sólo por eso, me desahogo diciéndote que cada vez prefiero más el cine, los guiones y sobre todo la literatura que hace tu hermano. Y que a ver cuando haces de una puñetera vez ese porno que te gustaría ver, con el que llevas amagando toda la vida.
Lo último. Un ejercicio sano para los opinadores: escuchar los discursos íntegros.
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